Cuando me enteré que el pasado 30 de junio, en el programa Informe Robinson iban a hablar sobre dos de los más grandes ajedrecistas de la historia, no pude por menos que apuntar la cita y tratar por todos los medios de ver ese programa. Afortunadamente en plena era de Internet tenemos casi cualquier posibilidad de, aun sin ser abonados a Canal +, poder disfrutar al menos de ese capítulo.

Yo ya he hablado muchas veces de mi pasión por el ajedrez. Sólo el que lo ha jugado o que aún lo sigue haciendo, puede entender lo que significa este apasionante deporte (o juego, no vamos a discutir ahora). En el programa, el periodista especializado en ajedrez (y un excelente jugador, todo sea dicho) lo explica muy bien. Para un aficionado, reproducir una bella partida es el equivalente a lo que puede sentir un melómano escuchando la novena sinfonía de Bethoven.

Recuerdo mis inicios con 8 o 9 años, cuando me empeñé en aprender a jugar, no consigo recordar por que, simplemente pedí un libro para aprender y un juego que me regalaron mis padres para mi cumpleaños. Era un juego de viaje, de esos magnéticos que se abren como un libro y en el interior están colocadas las pieza, que se pegan magneticamente en el tablero.

Aprendí las reglas básicas y al poco tiempo, en el colegio preguntaron por niños de mi edad quisieran apuntarse a un campeonato escolar que se celebraría próximamente. Yo por vergüenza no alcé la mano, pero uno de mis compañeros se apresuró a señalarme -”Este sabe seño”- Acudí, y en la primera partida me hicieron el famoso mate pastor. Tal fue mi frustración que decidí que debía estudiar más para evitar una derrota tan humillante.

Acudí a clases después del colegio y poco a poco fui mejorando. Me propusieron formar parte del club de ajedrez de Móstoles a lo que no me pude negar. Así acudía de lunes a sábado, unas 3-4 horas díaras a entrenar, más las que yo le dedicaba en mi casa, más las partidas del campeonato que jugábamos los domingos.

El ajedrez requiere de mucho esfuerzo, mucho estudio de aperturas, medios juegos y finales para poder tan siguiera ser medianamente bueno. Ya para ser profesional es necesario tener talento, algo de lo que yo creo que carecí siempre (sólo conseguí ganar un torneo en toda mi “carrera”). Evidentemente, antes no había las grandes bases de datos y la informática que hay hoy día, por lo que teníamos que leer muchos libros especializados y leer el Chess Informator, un libro con todas las partidas oficiales que sacaba la Federación Internacional de Ajedrez todos los años en varios volúmenes.

Tuve la gran fortuna de enfrentarme a la doble K. Sí, yo he jugado contra ellos dos cara a cara. Evidentemente no en un torneo pero sí en sendas partidas simultáneas de exhibición y es algo que no se puede olvidar en la vida (por desgracia para mi perdí las dos planillas firmadas dónde anotaba la partida). La explicación para que me entiendas es como si a ti te gusta el fútbol y te proponen jugar un partido contra Messi.

Después de mi historia de el abuelo cebolleta te animo a ver el documental que para mi se ha quedado algo corto en cuanto a anécdotas. De verdad que se odiaban, no se podían ni ver y ni si quiera se hablaban. Creo que nunca se negaron el saludo al comenzar una partida pero casi. Estas historias que se cuentan las viví yo de primera mano, pues cuando yo jugaba las noticias sobre los distintos enfrentamientos por el campeonato del mundo eran contantes.