En el siglo V a.c. en Cerdeña, existía una terrible costumbre; cuando un anciano era incapaz de valerse por sí mismo, sus hijos lo mataban a golpes o lo arrojaban al vacío desde alguna peña.

Para que la víctima viajara a la otra vida con un semblante amable, le daban una bebida que le provocaba una sonrisa al morir.

Esta bebida se hacia con una planta llamada oenanthe, con altas concentraciones de sustancias venenosas que bloquean los neurotransmisores, provocando calambres musculares y una parálisis total de los músculos faciales. El extracto tiene sabor azucarado y olor agradable, lo que facilita la ingesta.